Mi rostro sencillo se reflejaba en las claras y pacíficas aguas del
lago, esperando, como si mi vida tratase de eso, una buena noticia de ella.
Nada por el momento, tan solo unos formalismos de la armada británica y alguna
información de esa que sabes que no es verdad, pero que te anima a seguir
luchando en el frente, aunque la guerra no siga el curso previsto. Mis ojos
devoraban con rapidez el texto y lo que leía me sonaba algo repetitivo. La
gente en Inglaterra seguía bien. Los bombarderos alemanes habían fracasado en
su misión de reventar Londres y el cese de las ataques con bombas había sido un
motivo de fiesta nacional, aunque todo restringido dentro del ámbito bélico de
la guerra en curso. Leía la carta de Emily y su voz resonaba dulce y
tranquilizadora dentro de mí. Cuando leía la carta que se encontraba detrás del
texto de la armada, las palabras, que no tenían ningún sentido independiente,
al unirse me transportaban a las mágicas tardes de verano en la isla de
Whiteshow, cuando Emily y yo paseábamos después del tradicional picnic de
mediodía junto al lago Premier, un lugar recóndito donde constantemente nos
recordábamos mutuamente cuánto nos amábamos. De repente, un gran estallido sonó
delante de mí, aunque mi oído ya no se quejaba de estos ruidos debido a que
eran algo común en el día a día de esta interminable guerra. Como respuesta, la
artillería británica lanzó dos misiles de corta distancia hacia la trinchera
enemiga, la cual pareció vaporizarse durante un momento, hasta que los fusiles
alemanes comenzaron a petardear, y nosotros tuvimos que responder a la orden
del general. Ya me quedaba poco tiempo del turno, en unos quince minutos me
relevarían y podría intentar descansar.
-¡Vaya
asco, Peter, otra vez alubias de bote para desayunar! -rugía por la mañana
Rick.
-¡Pues
si quieres algo mejor, vete a la trinchera alemana y que te den de desayunar! -respondió
Peter -O mejor que te peguen un tiro…
-murmuró para sí mismo, pero se levantó rápido tras el sonido de la campana que
indicaba el nuevo turno.
Tras una noche nefasta, mi cuerpo, sorprendentemente, no se mostraba
cansado, debía de ser por la buena noticia que nos dieron esta mañana. ¡En una
semana volveríamos a Inglaterra para no regresar a la guerra! Rápidamente pensé
en mi familia, en mis amigos… pero sobre todo en Emily. Por fin, volvería a ver
el viento rizándose en sus finos cabellos; por fin, volvería a oler su suave colonia primaveral.
¡Por fin la besaría y sentiría de nuevo la felicidad suprema de amar! Pero mis
sueños se desvanecieron cuando el general John King entró en la sala y me llamó
para que me acoplase la máscara de gas, la ropa ignífuga y, finalmente, el
rifle de asalto. Sí, de asalto, porque hoy era un día especial para el frente
británico, ya que íbamos a atacar a los alemanes con la aviación, la artillería
y la infantería, a la cual yo pertenecía con orgullo.
El ataque ya estaba preparado y
el general King ordenó el avance de la infantería tras los bombardeos de la
aviación y la artillería. Poco a poco, avancé junto con mis camaradas, reptando
entre los alambres de espino con sumo cuidado. Todo iba bien, hasta que los
alemanes también salieron de las trincheras, y aunque King nos rogaba que
reculásemos, los disparos de nuestros fusiles y los de los alemanes se cruzaron
en una batalla cuanto menos épica, pero los alemanes comenzaron a derribar sin
obstáculos las primeras filas británicas. Yo intenté permanecer con el rifle
erguido, pero cuando Peter cayó muerto delante de mí, el corazón se me encogió,
y cuando quise darme cuenta, mi cuerpo desapareció entre las bombas aéreas y
las balas de las ametralladoras alemanas.
-¡Por
el Tercer Reich, por Alemania y por Hitler!- oí gritar a un alemán en mis
últimos instantes de vida.
Mario de la Fuente.