Abdalá , de 10 años, disparó a la cabeza a dos supuestos espías que esperaban la muerte arrodillados. Una semana antes, una niña, también de la misma edad, ha explotado en un mercado de Maidiguri (Nigeria) provocando la muerte de 20 personas.
Se trata de un niño de 10 años al que convierten en asesino y se trata de la inmolación de una niña de la misma edad a la que los terroristas de Boko Haram habían forrado de explosivos, le habían dicho que cruzara el mercado y cuando llegó allí, explotó.
No me gustaría saber, ni preguntarme lo que quedó de su cuerpecito, de una niña que había sido descuartizada por el fanatismo. Me da igual si la niña –bomba, la niña sin nombre, sabía o no que iba a morir sembrando muerte.
No me puedo creer que hombres y mujeres perpetren semejantes salvajadas por muy fanáticos que sean, por muy adoctrinados que estén. Me niego a aceptar que Abdalá, el niño asesino, tenga conciencia de lo que hace, mientras que en otra parte del mundo logran colocar el módulo de la sonda Rosseta, tras un viaje de 10 años, en un pedrusco que vaya en el espacio de 640 millones de kilómetros de la Tierra.
No entiendo cómo conviven las dos cosas ,que logremos eso y no sepamos aún organizar una sociedad en la que a alguien se le ocurre hacer de una niña una bomba viviente en medio de un mercado, de un niño, un verdugo .No puede ser que estemos hablando del mismo mundo, respirando el mismo aire, compartiendo la misma Tierra, viviendo en el mismo siglo .No puede ser que estas cosas ocurran y la ONU no se reúna en sesión de urgencia, ni se tomen medidas, ni se haga otra cosa que guardar el silencio. No hay clases entre los muertes.
Tenemos que luchar por esas personas, en este caso niños que nacen para morir, debemos luchar como lo hacen 2 millones de personas, que se manifiestan para defender la libertad de expresión, a mí como persona humana que soy, me da vergüenza, el que nadie levante un dedo por una niña –bomba, sin nombre y por un niño verdugo.
Emilia
Vizán Martín