Los historiadores siempre se han preguntado porqué los comunistas supieron explicar el verdadero atractivo del socialismo científico. ¿Por qué fracasaron en convencer a la gente, de que al menos merecía intentarlo?
Para empezar hay que decir que tuvieron unos portadores muy malos que, o intentaban la separación de la vida espiritual y la laica, o los partidarios de que a raíz de la muerte se sucedieran dos vidas, una en los cielos y otro en los infiernos.
Cualquiera que hubiera estudiado los textos, gran parte de ellos tardíos, se daría cuenta de que no estaban utilizando el mejor vehículo para navegar en unas aguas bien accidentales, los portavoces no estaban bien preparados. Otros de los problemas de que no calara era que los encargados de difundirlos eran los estamentos notorios de los organizadores más sindicales, las estructuras autoritarias y los representantes de organizaciones movidas por portavoces citados. Este sector era mucho más reducido que los de los pacifistas y librenotarios. Pero todos estaban aprendiendo de Proudhon, William Godwin y los demás anarquistas. O sea que, pensándolo bien, los marxistas tradicionales alimentaron, a su manera, el pensamiento de muchos partidos comunistas tanto en el Este como en el resto de Europa. Un buen grupo, tal vez el más numeroso, militaba en partidos socialdemócratas y no violentos que se habían creado el compromiso de no utilizar actos violentos ni siquiera para llamar la atención. En este grupo estaban los anarcosindicalistas que hoy llamaríamos liberales. Y luego los anarquistas, que estaban en todas partes. Pero ¿cómo, estando en casi todas partes, tan pocos escritores de renombre fueron reconocidos o les hicieron caso?
Hasta entrados en el siglo XX muy pocos les escuchaban. La derecha estaba organizada gracias al control del poder, pero eran pocos los que escuchaban. La alternativa a la derecha era una socialdemocracia poco creíble y aturdida. En España, la única oposición frente a la implacable derecha eran determinados sindicatos, un partido socialista nunca formado del todo y un conjunto ingente de liberales. No es nada extraño que hubiera que esperar al siglo XXI para que cristalizara la verdadera alternativa: una opción nutrida por gente joven y preparada, aunque sin experiencia política; una demanda acrecentada, reforzada por la crisis económica y la corrupción y el impulso creciente a favor de una Constitución que sirviera para algo; la necesidad de liberar a la gente para que se sintiera segura de que puede dividir el poder; y sobre todo, la reducción del Estado. El constante crecimiento de un Estado que determina lo que los ciudadanos pueden hacer y legitimar por sí mismos, en vez del fortalecimiento de las redes privadas, es lo que ha suscitado la demanda actual: el adelgazamiento del Estado. Esa será, seguramente, la principal reivindicación de los próximos meses y años.
Berto Martín-Anero Mateos.