Fue el primero que estudió el
cielo con un telescopio y descubrió los movimientos astrales. Sin embargo,
Galileo ha pasado a la historia no solo por sus hallazgos, también por la
defensa de sus convicciones, basadas en la experimentación, lo que casi le cuesta
la vida. Este pionero de la ciencia moderna fue, en su época, tema de
conversación y debate en las principales mesas de Europa.
Tras
haber sido objeto de burla por Castelli, profesor de matemática en la
Universidad de Pisa, y por la gran duquesa Cristina de Lorena, el científico
contesta a ambos defendiendo su teoría afirmando que es muy razonable que el
Sol, como instrumento y ministro máximo de la naturaleza, dé no solo luz, sino
también movimiento a todos los planetas que giran en torno a él.
En
1615, Galileo se planta en Roma para defender sus ideas. Se reúne con gente
influyente, participa en sesudas discusiones…
En un
principio iba a dedicarse a la medicina, pero descubrió que lo que le gustaba
realmente eran las matemáticas y la física. En Venecia, en 1609, construyó un
telescopio mejor que los que habían sido fabricados anteriormente y comenzó a
hacer importantes hallazgos estudiando el cielo.
Tras
varias veces haberse metido en líos al no negar sus ideales, la sentencia del
22 de junio de 1633 lo confinaba al arresto domiciliario, en su villa de
Arcetri, cerca de Florencia, librándolo de la prisión. Eso sí: a cambio de
abjurar. Admitió su culpa y juró “abandonar la falsa opinión de que el Sol es
el centro inamovible del universo y de que la Tierra no lo es”. Tenía ya 69
años, era un ferviente católico y no ignoraba que Giordano Bruno (que no
abjuró) había ardido en la hoguera en 1600.
Galileo
pasó sus últimos años recluido en su villa de Florencia estudiando mecánica.
Continuó escribiendo y algunos de sus escritos lograron ser publicados en
Francia. En 1638 perdió la vista, pero aún así siguió trabajando, asistido por
algunos fieles discípulos. El 8 de enero de 1642, Galileo murió a los 77 años.
Sus
estudios inspiraron, entre otros, a Isaac Newton, nacido el mismo año en que
Galileo murió. En 1992, el Papa Juan Pablo II entonó un mea culpa y rehabilitó
al científico.
Ana Cristina Támara.